Cápsula MC Hana SL

UNA HANA MC, UNA FURGONETA DODGE Y DOS MAFIOSOS.

John Brancaglia odiaba cruzar el puente de la bahía. Sentía vértigo y el estómago se le ponía del revés cada vez que divisaba la ciudad desde las alturas. Ya no tenían negocios en el barrio italiano y no solía ir mucho por el centro.

-Es una cuestión de respeto, Sal. ¿Cuántas veces te lo voy a decir? ¿Cómo co***es pretenderás que nos respeten si nos ven en esta furgoneta?

Su enojo contribuyó a que consiguiese imponer su voz sobre los quejidos del motor.

-J***r, Johnny…, ¿y qué querías?, ¿que fuésemos en ese pequeño deportivo alemán tuyo que ni siquiera tiene maletero?

John no hubiera permitido ese tono a cualquier otro de sus subordinados, pero Salvatore era su hermano pequeño al fin y al cabo.

-Ayer me llegó la Hana… -continuó el menor de los hermanos-, aún no salgo de mi asombro…, me ha impresionado de verdad.

John enarcó una ceja, aún recordaba aquella Te Kaitora Rua Ober que su hermano compró reconstruida por algún relojero del barrio chino.

-Improvisa, Sal, improvisa. En nuestro negocio la improvisación es la clave del éxito. No vuelvas a aparecer con una mi**da de cacharro como este.
Viajaban en una vieja Dodge Ram de color blanco, teñida de marrón por el óxido, tuerta de un faro y con los neumáticos algo deshinchados.

-Te lo digo en serio, Johnny, creo que es la mejor cápsula que ha sonado en mi equipo.

-Vamos, Sal, no empieces otra vez. ¿Quieres que te recuerde lo de la Te Kaitora?

-No todo son Koetsus y Lyras, hermano. Además, con lo que me pagas, me tienes encasillado en esa cuota de mercado.

Dos mafiosos metidos a audiófilos, quién lo hubiera dicho de ellos.

-Si quieres que tus sobres sean más abultados, gánatelo, como cualquiera de mis hombres.

Las facciones de Salvatore se contrajeron mostrando su cara de bulldog, aquella que acostumbraba a poner desde pequeño, cuando John ejercía de hermano mayor, aquel rictus de párpados caídos y mofletes flácidos, la viva estampa de un perro de pelea que terminaba con ambos a golpes por el suelo.

Siempre con sus aires de suficiencia, era su hermano y le quería, sabía que a veces le costaba cargar con ese papel, que era pura puse, pero detestaba cuando se comportaba de esa manera, estando los dos a solas, sin nadie ante el que demostrar que era el jefe. La Hana era una cápsula de primer orden, de lo mejorcito que había escuchado, una ganga, hacía que las Denon 103 y 304 a las que tanto aprecio tenía fuesen piezas de principiante.

-Pasó la última pista de tracking force del disco de Hifi News…

-¿Con qué brazo? –John enarcó una ceja y apartó la mirada de la carretera.

-Con el SME M2-9.

-Claro, le habrás puesto una tonelada de peso.

-De eso nada, hermano. No eres el único que sabe ajustar una cápsula. Dos gramos, como marca el fabricante.

Las brumas bajas de la bahía eran respetuosas con su jurisdicción. Rara vez escalaban a la zona alta de la ciudad. Al llegar al ecuador del puente, pudo observarse la colina alzándose en la zona norte, con insolente majestuosidad, ajena a las miserias que estrangulaban las casas baratas de los muelles.

-¿Y qué fabricante es ese, si puede saberse? -preguntó John tras el volante.

-Uno de esos que fabricaban para los demás y un buen día decide lanzar sus propios productos, cansado de no obtener reconocimiento. Se sabe poco sobre ello, ya sabes como son esos japos, se toman esas cosas como si fuese un secreto de Estado.

-¿Qué salida tiene?

-Eso es lo mejor, 0,5 mV, no es muy difícil de atacar.

John sacó su sonrisa de audiófilo recalcitrante. Había escuchado el discurso mil veces, solo las MC de salida baja eran buenas, esta vez se equivocaba.

-¿Qué previo de phono usaste, el italiano?

-Sí, el Gold Note.

-Sin válvulas no hay gloria, lo sabes, ¿verdad?

Un mafioso hablando de válvulas. Salvatore Brancaglia aún recordaba el día en que su hermano le clavó un tenedor en el cuello a Artie Pasquale, una de esas imágenes que manchan la memoria, Artie tirado en el suelo con un tenedor hundido en el gaznate y un gran charco de sangre a su alrededor. Después de todo, su hermano John era un macho Alfa, algo que abundaba en aquel negocio, por eso había llegado hasta donde estaba. Padre nunca se pudo permitir uno de aquellos amplificadores McIntosh que don Massimo tenía en su salón, qué tardes de dados escuchando a Frankie y a Elvis. De entonces les venía la afición.

La vieja Dodge se aproximaba a la salida número 7. John Brancaglia accionó el intermitente y se desvió a la derecha, descendiendo por la pendiente que conducía hasta la carretera que llevaba al mirador de Cabo Roto.

-¿Cuánto?

-¿Cuánto, qué?

-¡Qué cuanto cuesta esa p**a cápsula!

-Tan poco como para poder permitírmela con lo que me pagas. Algo así como la vigésima parte de la última MC de salida baja que compraste.

Lo dijo arrastrando las palabras, con premeditación, como si las palabras “salida” y “baja” fuesen una reprobación.

-Vamos sin una luz delantera, genial, Sal -John reprendió a su hermano menor-. ¿No encontraste una furgoneta en la que pudiera leerse “por favor, señor agente, páreme y múlteme”? -sonrisa desligada de la emoción que la suscitaba.
-Si no fueses…, si no fueses tan así, te la dejaría para que la probases en tu equipo.

-¿Y qué te hace pensar que necesito escuchar esa cápsula que no es de “salida baja”.

-Lo necesitas, aunque sea para abrir esa mente tuya de audiófilo terco y obstinado.

-¡Vaya!, resulta que el señor ha leído últimamente, ahora utiliza palabras cultas, “obstinado”.

-En serio, Johnny, al principio pensé que era una Benz LP, ya sabes, la antigua, la de 0.28 mV, ese cuerpo en la música, sin perder nada de detalle, el grave “gordito”, los agudos con su puntito de aire, pero sin exceso.

-Eso es mucho decir, Sal, la LP quizás sea una de mis cinco cápsulas favoritas de todos los tiempos.

-Lo sé, lo sé, por eso te lo digo. Tuve que poner uno de los CD´s que tengo grabados con la LP para asegurarme. ¿Recuerdas ese de Harry Belafonte, el del Carnegie Hall, ese que es un RCA Living Vector?

-Cómo no…

-Pues es la misma voz… ¿Cómo diría…? Entre carnosa y gutural, esa que parece que no le sale de la boca sino directamente de la garganta, sin pasar por la casilla de salida…

-Lo que el mundo de la prensa del audio se ha perdido sin tí, Sal, debieras estar en la plantilla de Stereophile, que tiemble Micky Fremer.

-Esa canción en la que Belafonte se pone sensiblero con el rollo ese de Jamaica, Jamaica Farewell, sabes cuál te digo,¿no?

La carretera que llevaba hasta el faro de Cabo Roto serpenteaba por un frondoso bosque de abedules. En él podía encontrarse algún merendero con bancos de madera habitualmente invadido por grupos de excursionistas recién bajados de un autobús, todos con ropa colorida de verano y sandalias abiertas con calcetines blancos, pero ese día, todos los merenderos ofrecían un aspecto fantasmal. John bajó la ventanilla para respirar la brisa marina, un ritual heredado de su padre. Salvatore trató de imitarle quedándose con la manivela de la ventanilla en la mano. La humedad invadió el habitáculo.

-Vale, me estás convenciendo. A ver, dime, entre una Ortofon Black y esa Hana tuya…

-No, hermano, ni hablar –le interrumpió. Mismo precio, distinto nivel.

-Así que apuestas fuerte, ¿eh?

-Y tanto. Sube la apuesta.

-De acuerdo. ¿Cómo una Benz Glider?

-¿Bromeas, John?, te estoy diciendo que no pude distinguirla de la LP. Olvida todos esos rollos de posicionamiento de mercado.

Posicionamiento de mercado. John sonrió para sus adentros, quién lo hubiera dicho. Las ruedas de la Dodge vaciaron un charco de agua al adentrarse por el camino.

-Esta Hana es la nueva Denon 103, en serio, es la Mike Tyson de las cápsulas MC, qué demonios, John, es como la Denon 103 y la 304 juntas, con cuerpo pero detallada, lo tiene todo, extensión y contundencia en el grave, pero sin ser una Koetsu de las tuyas, tiene medios, voces tremendas y unos agudos detallados sin ser los de la DL-S1 o una colibrí, de esos que según qué cajas te taladran el cerebro…

-La cápsula del pueblo, ¿no es eso? Me estás diciendo que es un p**o Volkswagen.

-¿Bromeas? -Salvatore enfatizó con desmesura la interrogación-. Es mucho más que eso, es un Lamborghini con precio de Volkswagen, y no te hablo de un Countach o un Miura, te hablo de algo moderno, sonido de cápsula moderna.

-Por 600 pavos…, un Lamborghini de 600 pavos, como los que se caen del camión de esa sabandija de Luchese.

-Eso es, hermano, es lo que trato de decirte.

-Claro, un visionario ese tal Hana.

-No existe el tal Hana, John, déjate de coñas…

-¿Y tú que sabrás?

Entonces divisaron el faro. Detrás de esa fanfarronería italiana, tras la fachada de la chupa de cuero y la mandíbula de granito, podría decirse que John era un buen tipo, y no le faltaba criterio a la hora de montar un equipo, era un audiófilo de los que escuchan con los ojos cerrados, de esos para los que la vida es aquello que ocurre entre audición y audición, de los que se refugian tras una copa de vino y la portada de un disco cuando el día ha sido duro.

-¿Una Lyra Kleos?

Salvatore negó con la cabeza, en silencio. La Hana era todo eso y más, un producto de esos que amenazan con subir de precio, uno de esos componentes que hacen que el audiófilo se reconcilie con el mundo del audio, podrían haberle puesto un cuerpo de madera exótica, un embalaje de cristal y haberla vendido por diez veces su precio, anunciando bobinas de núcleo de adamantium, cantilever de diamante de Botsuana y diseño de Sugano San. Pero no, la Hana era un soplo de aire freco, el chulo insolente que no necesitaba un Cadillac para salir con la chica más guapa del barrio, el Kirk Douglas de las cápsulas, con su punto canalla y sus músculos de hierro, un gladiador analógico del siglo XXI.

-Voy a tener que darle una oportunidad a esa cápsula de “salida media” tuya.
-La probaremos en tu equipo grande, luego, a la vuelta. Déjame en casa, la desmontaré, cogeré la moto y me acercaré hasta la tuya con ella bajo el brazo. Entretanto, ve calentando las válvulas del Luxman. Y nada de monitores esta vez, enchufa las Mac gordas a las ATC 150.

Salvatore Brancaglia extendió un brazo y encendió la radio. Sonaba Suspicious Minds, de Elvis. Empezaba a oscurecer y el faro lanzaba su cono de luz contra el horizonte sin obtener respuesta, como si se tratase de la linterna de un gigante. John Brancaglia detuvo la furgoneta haciendo derrapar los neumáticos sobre la gravilla.

-Ahí está nuestro hombre.

Fundido en negro. Sigue sonando Elvis

Mis siete lectores sabrán perdonar el lenguaje soez de los hermanos Brancaglia. Después de todo, John y Salvatore son dos gángsteres, dos hombres hechos al lenguaje de la calle. ¿Quién dijo que un gángster no puede ser audiófilo?
Francisco del Pozo, audiófilo de andar por casa, de los que escuchan música con los ojos cerrados