Capítulo 1. Introducción al mundo de las oposiciones

No me gustan los libros de autoayuda. Prefiero ser franco desde un principio, no pretendo autoayudarte. Respeto profundamente a todo aquel que se enfrenta a cara de perro con un teclado y es capaz de unir palabras y más palabras hasta escribir un libro, pero no creo en fórmulas mágicas, como no creo en las hadas ni en los dragones.

No quiero que suenen fanfarrias y te veas subiendo las escaleras del museo de arte de Philadelphia envuelto en sudor. No es eso lo que me ha llevado a escribir este libro. Puede, incluso, que tras leer mi libro, decidas que opositar no es lo tuyo. Aunque no lo creas, en ese caso, el libro te habrá servido, y yo habré cumplido con mi propósito. Antes de emprender el camino, déjame que te cuente algunas cosas sobre mí.

Tomé la decisión de opositar en el tercer curso de la facultad de Derecho. El último año    -por entonces eran cinco- me puse en contacto con un preparador de oposiciones, y ese mismo año ya orienté el estudio de algunas asignaturas hacia lo que más adelante sería la oposición. Una vez acabada la carrera, me metí de lleno a opositar, sin probar más opciones, directamente, yendo a por aquello que me había propuesto desde un primer momento. 

La oposición por la que me decidí era, y sigue siendo, una de las más complicadas que existen, aunque como tendré ocasión de contarte, esto es algo muy relativo. Cerca de 350 temas divididos en dos exámenes orales, con tiempo limitado para exponer cada uno de los cinco temas que habían de “cantarse” en cada examen. Se convocaron unas 200 plazas a nivel nacional y el número de aspirantes era de 5.000. La media de esta oposición es de cinco años de estudio, aunque podría decirse que no me fue mal del todo y lo conseguí en tres años y ocho meses. Hubo quien lo consiguió en apenas un año, me descubro ante mis brillantes compañeros, ante todos ellos, porque si meritorio fue hacerlo en menos tiempo, igualmente resulta de admirar la perseverancia que implica mantenerse hasta siete y ocho años en esa ardua tarea.

Me hubiera gustado poder contar que conseguí sacar el número 1 de las oposiciones, pero no fue así, quedé el número 11, y eso que conseguí unas calificaciones máximas, un 25 en el primer examen, la nota máxima, y un 21 en el segundo ejercicio. La competencia arreciaba. Para ser sinceros, me supo tan bien como si hubiera conseguido el primer puesto, era algo así como haber conseguido el oro en unas olimpiadas.

Después vino la vida profesional, y con ello, una profunda aversión hacia todo lo que implicase memorizar leyes. Pensé que mi vida como opositor quedaba ahí aparcada. Vendrían otros retos, interesantes estímulos, algo de vida académica, alguna que otra ponencia, actividades que de algún modo u otro implicaban volver a abrir un libro y zambullirse de nuevo en ese mundo tan artificial como humano que son las leyes. Pero había una importante diferencia: ahora me pagaban por ello.

Me resultó curioso comprobar cómo una especie de semilla había quedado en mí, la del eterno opositor. En ese momento, me pareció muy atractiva la idea de ayudar a otros opositores en su empeño. Siempre he pensado que mis preparadores, mis maestros, habían sido unos excelentes preparadores, pero al mismo tiempo, siempre creí que sería muy interesante darle otro enfoque a la oposición. Esto me permitió seguir teniendo contacto con ese mundo que me era tan cercano, y a la vez, cada vez más lejano, y lo que es más importante, me permitió comprobar cómo lo que había funcionado para mí, funcionaba para otros opositores.

Más tarde, en esa edad en la que los números han dejado de importar y son difíciles de adivinar, decidí opositar de nuevo. Esta vez eran “solo” 80 temas, nada comparado con los 350 de la “vieja oposición”. Después de todo, ya tenía mi vida profesional y se trataba de  ascender varios peldaños a golpe de codos. En esta ocasión los retos eran otros. Tenía familia y un trabajo por el que me pagaban, con lo que ello tiene de bueno y de malo. Ahora te ahorraré los detalles, ya tendrás ocasión de leerlos más adelante, basta con decir que cerca de 15 años después, volvía a ser opositor. Ver para creer.

Podría haberme ahorrado todos los párrafos anteriores yendo al grano: conozco las oposiciones -y no solo las “mías”- desde ambos lados, me han aportado muchas cosas, una profesión apasionante, estabilidad económica, conocimientos técnicos, me han acercado a personas excepcionales, amigos y no tan amigos, pero sobre todo, por encima de todas las cosas, me han aportado experiencia vital. Si a lo anterior le sumas un importante hecho, entenderás los motivos que me llevan a escribir este libro: fue también gracias a las oposiciones que conocí a mi ángel de la guarda, mi mujer. 

Te contaré la verdad y nada más que la verdad, por cruda o desalentadora que pueda parecer, porque ese es el propósito de este ensayo. La oposición también me robó cosas. Puede ser una mera cuestión de enfoque, llámalo como quieras, inversión, pérdida, peaje o precio, la oposición tiene sus peajes, un precio a pagar que va más allá de lo que ahora te puedas imaginar. Si ya eres soldado viejo, sabrás de que te hablo. Si estás planeando opositar, este libro te permitirá saber de qué hablo, a qué te enfrentarás, y sobre todo, te dará una antorcha con la que alumbrar en los tiempos de tiniebla que te envolverán.

Si ya eres opositor, este también es tu libro. Te acompañaré en un viaje que ha de ser lo menos largo posible, un viaje en el que muchas veces te sentirás como el protagonista de tu propia película, y en otras, atrapado entre arenas movedizas. Por obvio que pueda parecer, te enseñaré cuál es el principal ingrediente de la receta, y cómo conseguirlo. No te hablo de ficción, puedes leer mi primera novela, El interviniente Petroni, si estás interesado en algo novelado. No, te hablaré de la realidad y no de quimeras, como te dije, no me gustan los libros de autoayuda, no quiero ni puedo autoayudarte, deseo ofrecerte conocimiento y herramientas, conocimiento acerca de aquello a lo que te enfrentarás, las fases por las que pasarás, cómo afrontarlas y la técnica que te ayudará a conseguir tu meta. Siempre se ha dicho que cada opositor tiene su método, y que lo que funciona para uno, puede no valer para otro. Puede ser, pero te ofreceré el método que me ha funcionado. Y lo que es más importante, el que ha funcionado para otros.