Prueba amplificador McIntosh MC275

McIntosh MC275

Mi amigo el audiófilo recalcitrante cada vez tiene menos en común con mi otro amigo, el audioescéptico. A este último se le dibuja una sonrisa entre burlona y paternalista cuando el primero le habla de cables. Aún recuerdo la última discusión acerca de cajas, sala y ecualización. El audiófilo recalcitrante parece sufrir sudoración con la sola mención de la palabra “ecualización”,así, en la línea de flotación.

Ambos tienen los mismos gustos musicales, échales rock del bueno, de los setenta, lo suyo es Pink Floyd, Led Zeppelin, The Who, Jethro Tull, CCR y otros tantos. Cada vez les va más el jazz, en sus distintas variantes. Les costó Coltrane y al último Davis no terminan de pillarle el sentido. De vez en cuando aparecen por casa con un blue note bajo el brazo, de los de Van Gelder, con fotos de Wolff y esas pastas duras, pero en realidad sus raíces musicales nacen en Woodstock, aunque ellos no lo sepan.

Fuera de eso, mis amigos no coinciden en nada. Salvo en una cosa. Ambos escuchan música con los ojos cerrados y ninguno de ellos es capaz de mantenerlos cerrados cuando hay un McIntosh en la sala.

Debe ser algo relacionado con el subconsciente, uno de los mejores ejercicios de estilo, diseño y marketing de toda la historia del audio, una historia escrita con vúmetros azules, cristal, cromados y cuadros escoceses. Es la materia de la que están hechos los sueños del audio. Esa aguja fina que se perfila sobre un fondo azul, ese marco de cristal negro, los bordes relucientes, ese look de retrociencia-ficción, el peso de la tradición, Gordon Gow, Frank McIntosh, cógelo todo, agítalo bien y tienes la fórmula del éxito.

Maldita sea, cómo me arrepiento de haber vendido mis bloques monofónicos 501, luego han venido otras, pero nunca ha sido igual. Demonios, estoy convencido de que el puente de mando del Nautilus de Julio Verne estaba repleto de vúmetros de McIntosh. ¿Sabéis porqué es tan buena Infiltrados? Pues entre otras muchas cosas, porque Matt Damon tiene en su apartamento esos dichosos vúmetros. Scorsese sabía lo que se hacía, Gimme Shelter, Comfortably Numb y unos vúmetros azules.

Sin vúmetros azules no hay gloria.

-¿Cómo te atreves a decir eso, hermano? Me estas ofendiendo, what the fuck, bro, estás ofendiendo a uno de los dioses del audio, porque eso es Mac, hermano.

Debía estar loco para fiarse de un tipo que se hacía llamar Mr. Black Jack y tenía su despacho en el asiento trasero de un Plymouth Barracuda del 73 con motor Hemi.

-Gasolina, hermano, Peggy es una máquina del tiempo.

Más loco aún si el tipo en cuestión era negro, se hacía pasar por indio y llamaba a su coche Peggy.

-¿Sabes de qué año es esta belleza?

Frank se encogió de hombros con cara de desconcierto.

-Del 73. Sí señor, así es mi Peggy. Los ecologistas por las calles gritando en nombre de qué se yo y mi Peggy sale de una cadena de montaje de Detroit en plena crisis del petróleo, desafiando a esos hippies. Hermano, de sus escapes salía música. Acelerabas y les decía a todos: “Eh, sí, vosotros, apestosos hippies, me trago 30 litros a los 100 kilómetros, manifestaos contra eso”.

Decididamente, algo debía andar muy mal por allí arriba para confiar en aquel tipo. Ni siquiera era capaz de recordar cómo lo había conocido, tantas noches turbias habían acabado soplando sobre su memoria. Probablemente hubiera sido en alguno de los tugurios de mala muerte de los que se había echo socio, tal vez fuese por recomendación de alguno de los asiduos de la panadería de Tchang. Debía haber otra forma de hacerse con una MC275. Estaban las Mac con vúmetros, y luego, la MC275.

El teléfono móvil del señor Black Jack sonó, uno de esos timbres personalizados, música de rap contra la policía, 50 Cent o Ice T.

-Un momento, hermano -dijo alzando la mano-, tengo que atender esta llamada, en seguida estoy contigo.

Frank se resignó a seguir postrado en el asiento del Barracuda mientras aquel estrafalario vendedor de audio ilegal contestaba a la llamada. Entonces reparó en que usaba como funda para el móvil una carcasa de color dorado con puntos brillantes dibujando el emblema del dólar, el tipo de funda que usaría Paris Hilton para la enésima versión de su iPhone, aquel que estaba aún por salir.

-Tu hermano Mr. Black Jack al habla. Hoy es tu día, tengo un almacén en Sausalito cargado de Mc275, lo que quieras, hermano, tengo varios SP-10 recién caídos del camión, son una roca, tío, en serio, una puta roca. También tengo Lyras y Koetus si te va ese rollo, hermano, de las de verdad, no te fíes de ese jodido chino, sus 275 son más falsas que mi licenciatura del MIT. Te durarán los cromados una semana y las válvulas son de esas mierdas del año del dragón, que sé yo, tío, un mal rollo, ya entiendes lo que quiere decir Mr. Black.

En realidad Mr. Black Jack ni era indio ni se llamaba así. Era el séptimo hijo de una toxicómana de Englewood, nunca conoció a su padre y su auténtico nombre era Antwone Smith. No debía superar el metro sesenta y su voz tenía un tono nasal que le hacía parecer un niño. Quizás fuese por eso que llevaba fundas de oro en los dientes y un sombrero de cowboy. De no haber sido porque había consultado sus antecedentes penales en los archivos, jamás se hubiera acercado a un tipo así.

-Conozco a un tipo que conoce a un tipo, hermano. Si tú quieres al señor Black Jack, el señor Black Jack te quiere a ti. No sé si me entiendes, bro, pero este indio necesita cariño.

La jerga habitual, un par de años en el correccional de menores, otros tantos en Folsom y Atica, cada uno cuida de su propio trasero, soy inocente y voy a cambiar mi estrella en cuanto salga de aquí. A decir verdad, Antwone era inofensivo. Un par de coches, un allanamiento de morada y una estafa. Nada de sangre. Lo llevaba escrito en la cara: sobreactúo y voy de malo porque no soy peligroso. Me dedico a vender audio robado porque el nuevo es para ricos.

-Vente a ver al señor Black Jack, 24 horas al día, 24/7, hermano, ya sabes dónde tengo mi despacho.

Antwone colgó el teléfono y lo guardó en el bolsillo de su chaleco de piel de serpiente.

-Perdona a este hermano, era una llamada importante, así es este negocio, 24 horas al día, para serviros. El señor Black Jack se mueve por todos lados, en las sombras, de día, de noche, estoy siempre ahí, para vosotros, consiguiendo la información que os hará ricos…, lo cual me lleva directamente al asunto para el que has venido. Tengo una 275 en el maletero y es cierto, no tienen vúmetros, pero hermano, es una Mac de pura cepa, es la Mac, de hecho. No puedes ser de Mac y no gustarte la Mc275. La 275 es sexy, hermano, es una de las piezas de audio más sexys que jamás se han construido, es tan jodidamente buena que McIntosh la está reeditando continuamente.

  – La última vez que me fié de ti me costó 500 dólares de servicio técnico –replicó Frank.

– ¡Vamos, hermano! Ya sabes cómo van estos fabricantes, con sus firmwaresy sus actualizaciones, todo ese asunto de Internet nos va a volver locos, tío, lo digo en serio. Olvídate de eso, es new old stock, acero de Bighampton y nada más, tío. Cuatro KT88, las 12AX7 de controladores y esos transformadores que son como los puños de Tyson, hermano, nada más.

En realidad Antwone se estaba dejando lo mejor en el tintero. La MC275 era una etapa al viejo estilo, pero con un pie en el siglo XXI. Hierro y acero con su dosis mínima de software. Así eran las guerras del siglo XXI, un bombardeo de misiles inteligentes televisadas por la CNN con cámaras de visión nocturna, todo en verde. Después de todo, la nueva vieja 275 tenía un sistema de ahorro de energía y se desconectaba cuando no había señal, las siete lámparas controladoras llevaban luces led para indicar su statusy ahora equipa salidas XLR.

-Quiero algo a válvulas pero necesito algo seguro, nada de riesgos.

–Pues yo soy tu hombre y la 275, tu etapa.

Antwone dejó al aire sus dos hileras de dientes y las fundas de oro emitieron un destello. El interior del Barracuda se estaba volviendo sofocante, y el olor a marihuana, cada vez más intenso.

-Verás, hermano, conozco a un tipo que conoce a un tipo que maneja información de la buena. Cualquier hermano de Englewood te podría recitar de memoria las estadísticas de la NFL. Lo que te ofrece el señor Black Jack es información reservada. ¿Lo entiendes? Esta Mac suena como la vieja, puede casi con todo y no se rompe. Solo te la puedo ofrecer a este precio si te llevas la que tengo en el maletero, lo tomas o lo dejas. Podría perder mi licencia comercial e ir a la cárcel por esto.

La única licencia de Antwone era la de conducir y la había comprado a un armenio por 500 dólares. Se le estaba levantando un dolor de cabeza horrible dentro de la máquina del tiempo de aquel negro que se esforzaba en aparentar ser indio.

-¿De cuánto estamos hablando? –preguntó Frank con un hilo de voz.

-Hermano, se necesitan pelotas para esto. ¿Cómo se le pone precio a un mito? En cualquier tienda de esas finas de Rodeo te pedirán 7.000 por ella. Las del señor Black cuestan la mitad.

Frank dejó escapar un silbido en su imaginación. Antwone, se limitó a agachar la cabeza.

-Es mucho -dijo al cabo.

-Dos al precio de una, hermano. Lo coges o lo dejas.

-Cuéntame más.

-¡Eh, sí señor, Mr. Black Jack te quiere!

Frank meneó la cabeza y el vendedor de audio le contó su historia. Conocía a un tipo que conocía a un tipo. Y aquel tipo tenía una hermana que se lo montaba con el fisioterapeuta de los Saints. Información de primera. ¿Le había dicho ya que podría perder la licencia por ello? El caso era que ese tipo le había dicho al otro tipo que Manning estaba acabado. Era alto secreto, nadie, salvo el cirujano que le operó, sabía que Manning llevaba una prótesis de titanio en la rodilla y que la lesión del cuádriceps no se había curado aún. Tendría suerte si conseguía terminar el primer cuarto. Y cualquier palurdo de Minesotta sabía que los Saints no eran nada sin su quarterback estrella. Olía a pasta que apestaba, una oportunidad para un hermano con pelotas.

MC275 vista general

Debía estar loco, rematadamente insano, si hubiera conservado algo de cordura habría salido huyendo de aquel coche, hubiera ido al tendero de toda la vida, el de la calle Harriet, allí donde podías ver y escuchar algo antes de comprarlo y la garantía no era una hoja de papel caduco.

-No me gustan las apuestas –replicó Frank sin estar seguro de lo que era una yarda o un quarterback-. Limitémonos a la etapa de potencia. ¿Las has probado en mono?

-No hace falta, hermano. Esas KT88 mueven montañas.

-Define montañas.

-Las jodidas montañas de 85 decibelios de sensibilidad, tío, pregúntale a cualquiera del barrio, tío. La 275 tira de unas ATC 40 de las nuevas, son chungas, tío, en serio, recinto cerrado y ese rollo, poca distorsión pero duras como el motor de mi Peggy. Si quieres un par, tío, tienes un par, tu hermano Antwone hará eso por ti, pero necesitarás algo muy gordo para poner en aprietos a una Mac 275, y hermano, qué delicia.

Frank lo vino venir. Si aquel tipo empezaba a hablar de agudos, graves y medios, saldría de allí pitando.

-Hermano, el otro día enchufé una de estas preciosidades a unas de esas cajitas con tuiters de diamante, ya sabes, de esas con las que podrías hacerte algo chulo en los dientes, ya me entiendes. Ese rollo inglés que le encanta a las nenas con clase, ya me entiendes, de esas que puedes poner en el salón de tu mansión para que tus amigas vayan a tomar el brunch.

 Frank enarcó una ceja. Podías sacar a Antwone de la calle y meterle en una tienda decente y vendería las máquinas como rosquillas.

-Hermano, no te diré ninguna de esas mierdas de “transitorios”.Solo te diré que escuchamos algo de Albinoni, en vinilo, men, don´t fuck around–masticando las palabras- Antwone tiene oídos de indio, ya lo sabes.

Mirada inquisitoria. Se antojaba difícil imaginar a Antwone con un vinilo de Albinoni entre las manos. Aquel tipo era una caja de sorpresas.

-¿Sabes como sonó, hermano, lo sabes?

Cejas enarcadas.

-Bonito, tío, cool, tío, bonito. Antwone no puede explicártelo mejor.

Resultaba curioso. Por un momento le hizo recordar a aquella señora que regentaba el antiguo videoclub de la calle 87, de los pocos que quedaban abiertos. Daba igual de qué película se tratase. De hecho, le preguntaba solo para escuchárselo decir, había algo entre cómico y entrañable en su respuesta. Bonito. Ya le podías preguntar qué tal estaba Resevoir Dogso La Reina de África, siempre era “bonita”.La señora Walga era una romántica empedernida.  Pero puesto en los labios de aquel negro que se hacía pasar por indio, la palabra adquirió una nueva dimensión. Y se lo agradeció. Le ahorró todo aquel discurso cargado de tópicos. Así sonaba la MC275, bonita. Y pese a la aparente sencillez de la fórmula, se hizo una idea exacta de lo que había en el maletero del Barracuda.

-Ese grave, ¿verdad?

-Ese grave, hermano. Lo has pillado.

Después de todo, Antwone parecía que sabía lo que se traía entre manos.

-¿Para todo? –preguntó Frank.

-Para todo, tío. Échale Humble Pie, échale Zepp, tío, échale lo que quieras. Esas KT88 están cómodas con todo.

-¿Engordan el grave?

-Son fofisanas, hermano.

Fofisanas.Antwone, el camello del audio, el Ayatolá del rock, cada vez le estaba gustando más. Sonaban bonitas y eran fofisanas, lo mejor de todo era que sabía perfectamente a qué se refería. Seguía amándola como el primer día, pero no sabía cocinar. Y desde que su hermana le regalase aquel fatídico libro sobre cocina macrobiótica en las navidades del 99, las cosas habían ido de mal en peor. Esa misma mañana, como todas las anteriores, se había apeado del vehículo, había abierto la vieja tartera que le había preparado Mallorie, y había vaciado su contenido en la papelera más cercana. Frank frecuentaba esa franja de edad que siempre le situaba en tierra de nadie, pero había adquirido la certeza de que había dos premisas esenciales en la vida: la primera, que la confianza era una moneda de dos caras. La segunda, que una hamburguesa de arroz con semillas de girasol no era comida para un audiófilo de la vieja escuela. Si la Mac era fofisana, era como a él le gustaba, solo con algún kilo de más, los justos para hacer ”bonito”,con curvas, sin caer en el exceso, una redondez aquí y otra allá, pero sin adiposidades, con cada cosa en su sitio, las prominencias allí donde eran necesario, quien dijo que el músculo era bello, una buena patadita abajo, presencia en los medios, y algo de timidez arriba, la propia de quien ha sido bien educado, sin caer en groserías, insinuando, no exhibiendo.

-Escucha, hermano -fundas de oro al aire de nuevo-, el señor Black Jack es un tipo cien por cien legal, no me van esos rollos de gangsta, ¿vale tío?, te puedo conseguir lo que me pidas, alguna chica, un chico si vas de ese palo, pero no te diré que suenan bonitas si no me gustan, ¿vale? Lo mío es la información, bro, de primer nivel, tío, sé cosas por las que la CIA me metería un balazo, como lo oyes, sé qué pasó con JFK, tío, ¿entendido? He tenido de todo, me gusta el hierro, no te engañes, me va lo japo, me va lo americano, me van los vatios, me van las fifteen inchers, me va todo eso, pero estas suenan bonitas, son fofisanasy no le hacen ascos a nada. Si te pone Hendrix y tienes un par de JBL de las auténticas, no de esas modernas, sabrás de qué te hablo. Si te va el rollo Aston Martin y escuchas a Shirley Bassey o Julie London, estas son tus etapas, hermano.

Antwone siguió bailando su música imaginaria mientras Frank asimilaba aquella jerga audiófila nada convencional. La lluvia comenzó a hacerse más intensa. Varias manzanas más allá sonó la sirena de una ambulancia.

-Bueno, hermano -dijo al cabo Antwone-, ha sido un placer, pero vas a tener que ir pensando en mover tu culo fuera de Peggy.

Al principio se le dibujó una mueca de extrañeza. Luego le entendió. Antwone deseaba ir con su oficina itinerante a otra parte.

-Bien, está bien –tiró de la manilla y se inclinó para apearse del Barracuda.

-Hermano,¿sigue en pie?

-¿Qué?
-Joder tío, lo de la superbowl,recuerda, información clasificada, de primera categoría. Tres a uno.

Decidió que compraría una Mac al tendero de la calle Harriet.

MC275 bokeh 2