McIntosh MP100, la máquina del tiempo

Uno de mis siete lectores habituales me comentaba el otro día que aquello de los mafiosos, el humo de cigarrillo, las chupas de cuero negro y el Barracuda del 73 no iba a funcionar para siempre. Y no le faltaba razón. Hay que admitir, no obstante, que uno no afronta la lectura de un libro o el visionado de una película siempre con los mismos ojos. No se disfruta de una película de James Bond si se piensa que aquello que se recrea con tanto artefacto ante nuestras pupilas, nunca podría ocurrir en la vida real. Se requiere el guiño cómplice. Así que esta vez no habrá una etapa a válvulas en el maletero del Barracuda, ni los hermanos Brancaglia hablarán de las virtudes de la Hana SL mientras se dirigen a la playa del Matadero. Esta vez les hablaré a mis siete lectores del audiófilo obsesivo.

Mp100, Logo

Ocho años antes.

-¿Obsesión?

-Como lo oyes, profesor Wells.

-Debes estar loca.

-Claro. Loca por ti, ya lo sabes.

-Creo que es la cosa más absurda que jamás escuché. Suena a algo enfermizo, no sé…, a perturbación. El perfil criminal perfecto se construye sobre la obsesión.

-¿Sabías que viene del latín?

-Claro, todo viene del latín.

-No, en serio -dijo Claudia-. Significa asedio. Piénsalo bien, en la dosis justa es un poderoso aliado.

-Y en cantidades superiores se convierte en un enemigo. Creo que un tal Hitler estaba borracho de obsesión, también lo estaba otro de sus amiguitos, uno al que llamaban Goebbels. Esos dos te podrían contar un par de cosas muy interesantes acerca de la obsesión.

-Entonces no es cierto lo que dicen de ti.

-¿Que tengo el mejor trasero de todo el cuadro de profesores de la facultad?

-Que te tomas en serio las aportaciones de tus alumnos, que las ideas fluyen en dos direcciones.

-Querida Claudia, ya sabes que no te veo como a uno de mis alumnos.

-Bien, profesor Wells, pues en este momento, te guste o no, soy una de las alumnas de último curso.

-Una alumna bien atractiva, por cierto.

-La dosis adecuada, en su justa medida, es necesaria, es buena, es esencial. Para todo. Para conseguir tus propósitos. A veces no es suficiente con la ilusión y las ganas para luchar por algo, es preciso también un componente negativo. Bien empleado se vuelve a tu favor.

Señores viajeros, les informamos de que vamos a atravesar una zona de turbulencias. Por favor, manténganse en sus asientos con los cinturones abrochados. Muchas gracias.

 El Boeing se zarandeó levemente al adentrarse en las nubes y Frank vio cómo las alas de metal cromado oscilaban. Se aferró a la mano de Claudia mientras el estómago trataba de salirse de su sitio. Nunca le había gustado la forma en que su anatomía reaccionaba dentro de un cilindro de aluminio a 10.000 pies de altura. Claudia acercó sus labios hasta la mejilla de él y le besó. Un beso inusualmente largo para ser un beso tranquilizador.

-Exacto. La misma que me hará graduarme, sacar la tesis y seguir tus pasos.

-¡Oh, no! No me digas eso o me darás la razón sobre esa absurda idea tuya de la obsesión.

-No, tonto. No es así.

-¿Ah, no? ¿Obsesión por seguirme? ¿No suena eso a que estás obsesionada conmigo? Porque ha sonado muy parecido…

-No entiendes nada, Frank. Tan inteligente y tan tonto a la vez.

-Ambición -se acercó a su oído y le susurró-. Ambición, cariño. Llámalo así.

-Vaya, parece que al profesor Wells le han vuelto las ganas de bromear. Hace un rato, entre nubes, no estabas tan jocoso.

 

Claudia metió sus manos de pianista en el bolso y comenzó a hurgar en su interior. Extrajo un pequeño aparato y desenrolló el cable blanco que lo rodeaba. Se colocó unos auriculares y sus dedos se deslizaron sobre el aparato. Frank la miró con curiosidad.

-¿Qué es ese cacharro?

-¿Esto? -preguntó ella, sosteniéndolo ante sus ojos-. No me lo puedo creer, profesor Wells. Es el último grito. Un iPod.Le caben 50.000 canciones.

-¿50.000 canciones? -enarcó una ceja-. ¿Y para qué diablos quieres tú llevar contigo 50.000 canciones si solo escuchas una?

Señores viajeros, en este instante iniciamos la operación de descenso. En unos 20 minutos tomaremos tierra en el aeropuerto de La Guardia. La temperatura es de unos dos grados centígrados y el cielo está parcialmente nuboso. Abrochen sus cinturones, por favor. En nombre de la compañía y de la tripulación, les deseamos una feliz estancia en Nueva York.

Mp100, frontal

En la actualidad.

La máquina se sacudió y expulsó engrudo marrón en un vaso de plástico mientras sus tripas mecánicas protestaban. Frank Wells tomó el vaso y se lo llevó a la boca.

Lo que pudo ser y no fue, lo que terminó con el lenguaje de una sentencia: ocho años y ocho mil kilómetros de distancia. Eso fue lo que Claudia puso de por medio. Bob Dylan y Johnny Cash en el viejo tocadiscos, mantas, cuerpos desnudos y la luz de una hoguera. Su esbelta silueta deslizándose entre penumbras, como si cada movimiento fuese una danza, ofreciéndole su cuerpo desnudo en el que todo era cálido y embriagador. Así permanecía en su memoria y así debía seguir.

Y aquella vieja conversación enlatada, a 10.000 pies de altura, entre nubes algodonadas, le vino de nuevo a la memoria. El iPod había muerto, como las cintas de ocho pistas o los Reels, material para nostálgicos, para audiófilos de la vieja escuela, pero el vinilo seguía ahí y desde que el MP100 descansaba sobre su preamplificador, se había vuelto más nítida que nunca, como si ese recuerdo fuese un mueble antiguo al que hubieran retirado la manta con que se cubría.

Le había costado dar con la tecla, seguía anclado en las Olivettis, pero al final lo había conseguido. Un par de ajustes aquí y allá, en la configuración MIDI de su Mac Book Pro y en el menú de Audacity, solo así funcionaba. Quién hubiera dicho que sin ajustar las preferencias de grabación en 24 bits y 96.000 Khz de frecuencia, no era posible grabar un vinilo. Pero lo consiguió. Un simple cable, USB lo llamaban ahora, un cable común –nada de patrañas audiófilas- conectando el previo de phono y su ordenador… et voilá! El vinilo digitalizado.

Hubiera podido dejarle a Claudia sus vinilos de Harry Belafonte, de Mario Lanza o de Frank Sinatra, demonios, el de Sinatra at The Sands le hubiera encantado, con Count Basie dirigiendo las orquesta, seguro que el Rat Pack al completo estaba sentado en primera fila, fumando, esa era la sensación que le invadía cada vez que lo escuchaba.

Puede que el iPod de Claudia se hubiera quedado pequeño, cada vinilo ocupaba una extensión considerable, cerca de un 1 GB, puede que ahora los dispositivos modernos tuviesen más capacidad, quizás fuese capaz de utilizar otro ratio de conversión para que ocupasen menos, dichoso Audacity.

Era pequeño, no tanto como un EAR 834 o un Gold Note Ph10, pero tampoco abultaba tanto como el Mac C52 sobre el que descansaba. Era de formato medio. Y sin vúmetros. Había quien decía que un Mac sin vúmetros no era un Mac. Tampoco los llevaba la 275 y nadie le hubiera negado el apellido. Con o sin ellos, era todo un Mac, con su cristal negro, los flancos metálicos, la base cromada y las grafías escocesas en verde. Había algo en él que te decía que no era de los de antes, pese a las apariencias, es como si te estuviese gritando a la cara, oye, tío, tengo un pie en el Siglo XXI, mírame el culo, tengo salidas digitales y conexión para un ordenador.

Mp100, trasera

Y tan flexible. Quizás no como el Gold Note con su posibilidad de elegir distintas curvas, pero sin duda más que otros muchos de los que habían pasado por sus manos. La Hana sonaba mejor a 400 ohmios, era su carga, y la mejora en el sonido era notable. John Curl y Michael Fremer podían estar equivocados después de todo, ¿no? No todas las cápsulas suenan igual de bien a 100 ohmios.

Aquel aparato había venido a confirmarle su condición de audiófilo obsesivo. Cada vinilo era grabado, daba igual con qué plato o cápsula, era algo a preservar, una experiencia única que luego se podría reproducir desde el servidor musical, como si estuviese escuchando el propio vinilo. Y las diferencias estaban. Bastaba igualar niveles –bendito fuese el trim adjust del C52- y cambiar entre fuentes. Cada cápsula era un mundo, la Hana equilibrada y detallada a rabiar, la Koetsu desbordante, la Air Tight PC1 Supreme la reina del detalle, la maestra de la presentación sonora. Y todo estaba allí, en una especie de biblioteca musical virtual, unos y ceros amontonados en una memoria de estado sólido, dentro de un ordenador, prodigios de la tecnología, nadie hubiera podido creer que la biblioteca musical de la BBC podría caber en un computador, una caja metálica con teclas. Ese era un Mac del Siglo XXI, el que te permitía digitalizar todos tus vinilos dejando intacta su magia, más que eso, respetando la esencia de cada cápsula, de cada plato, reteniendo las diferencias entre su SME 15 y su Technics 1200 con brazo SME V, correa frente a tracción directa, chasis suspendido frente plinto de goma de alta densidad, todo, absolutamente todo, estaba allí, organizado por artista, por categoría, por género, bastaba cualquier metadato para localizar en iTunes un disco. Teclea “Curtys Mayfield+Air Tight+MP100” y es todo tuyo, en un instante, tan fresco, tan resplandeciente, como aquella primera vez en que lo guardaste. Puedes ahorrarte la liturgia si vas mal de tiempo, la excelencia del vinilo a golpe de tecla.

Además, sonaba distinto. Oir para creer, después de tantas decepciones, uno que sonaba distinto. Paul Miller tenía razón, en esta ocasión el probador de audio no se inventaba las diferencias. La diferencia, nada sutil, claramente perceptible, estaba abajo. Unos graves adictivos, de tracción directa, aunque estuviese sonando el SME, graves de los que bajan, no a la planta baja, sino de los que se ponen el casco con linterna y te invitan a coger el pico antes de adentrarte en la mina, así de profundo, todo lo demás en su sitio, y como debe ser, sin estridencias, sin pose, sin aspavientos ni movimientos nerviosos de manos, tan bueno como uno de los mejores que habían pasado por casa, el Luxman EQ500. Así de bueno era el MP100, una máquina del tiempo, la herramienta definitiva para el audiófilo obsesivo, el previo de phono con el que podrías vivir para siempre.

Ocho años antes.

Manhattan y New Jersey se convirtieron un manto de luces en la distancia. El Boeing se situó entre dos líneas de puntos blancos que se buscaban en el horizonte. Ruido de motor al invertirse las turbinas. Los alerones se despliegan y los neumáticos crepitan al rozar el asfalto. Al fondo, el edificio Chrysler erguido con majestuosidad. Suena la misma canción de siempre, la canción de Frank y Claudia, The girl from the North country.

Un amor de una sola canción, un amor que pasear por Nueva York, a tantas millas de la ciudad, no era un amor para siempre, pensó Frank cuando el avión se detuvo. Ella le sonreía como el primer día.