El síndrome del opozulo

El síndrome del opozulo.

Hará un par de meses me afearon la conducta, puede que fuese alguien con la piel más fina que yo, o lo que creo que es más probable, que esa persona, sin saberlo, estuviese padeciendo el síndrome del opozulo. Precisamente de ello trataba su crítica, no le había gustado el empleo de la palabra “opozulo”.  Diccionario de la RAE en mano, y puestos a prescindir de cualquier vestigio de humor en el asunto, esa persona pudiera estar acertada. Sin embargo, me resisto a dejar de emplear la palabra, que como bien sabéis, ni siquiera es mía, la tomé prestada, como el que coge la grapadora del compañero de trabajo o llama a la puerta del vecino para pedir un pellizco de sal. Y la razón es bien sencilla, lo dije en una entrevista radiofónica y lo vuelvo a decir ahora: contribuye a desdramatizar una situación extraordinariamente dura con un buen puñado de humor. Después de todo, ¿qué sería la vida sin humor?

De haber sido yo el gran Tony Soprano, mis hombres se habrían encargado del asunto. Recordadme que para una de mis futuras reencarnaciones me pida ser el gran Tony, creo que es una de esas experiencias que debe merecer la pena. En otra me pido ser Clint Eastwood, y después, Jon Hamm, el guapetón de Mad Men, pero ya se me van amontonando las cosas y me aparto de lo importante: lo del opozulo no tiene más trascendencia, y después de todo, mi amable lectora me lo dijo con cariño, al menos el que le unía a mí después de haberme leído. Pero no, no es de eso de lo que quería hablar.

Si estoy aquí y ahora, aporreando el teclado, si te estoy hablando de la palabreja “opozulo” es porque creo que pocas expresiones encierran tanto en tan pocas palabras. Además, la opopalabra en cuestión me permitirá hablar de otro de esos grandes secretos a voces, esos que todo el mundo sabe o imagina pero que luego no se cree, hasta que lo vive. Llegados a este punto, mientras sigo dándole a la tecla, otra idea emerge en mi cabeza, puede que no esté escribiendo esto para ti, querido opositor, puede que estas líneas convengan ser leídas por quien tienes más cerca, o por aquellos que no están tan cerca y se creen con derecho a opinar libremente de tu situación.

Ofensa número 1

-Pero si no le das un palo al agua, ¿cómo puedes estar tan cansada?

Ofensa número 2

-No sabes de verdad lo duro que es un trabajo, como sóloopositas…

Ofensa número 3

-Solo será un ratito, venga ya,  que siempre estás con lo mismo, parece que ya no quieres saber nada de nadie. 

Ofensa número 4

-Claro, como te lo puedes permitir, estás haciendo unas oposiciones. 

Vale, vale, ya paro. En efecto, son todas esas y más aún, todas las que se te ocurran. ¿A que sí?, ¿a que ahora empiezas a verle el lado bueno a eso de ser como Tony Soprano? Estoy convencido de que al gran Tony nadie le viene con una de esas. De ser así, lo hubiera solucionado mandando un par de hombres a hacer una visita a alguien. 

Empezaré por las malas noticias, aunque ya sabes de sobra cuáles son: esas personas no tienen ni puñetera idea de lo que pasa por tu cabeza porque jamás se han puesto en tus zapatos, o lo que es lo mismo, no se han visto en el trance de estar encerrados sin otra expectativa que la de leer y leer, subrayar y subrayar, así, hasta el infinito y más allá. Llegados a este punto podría decirse aquello que el mundo se divide en dos categorías, la de los que ven la luz de sol y la de quien solo conoce la luz artificial de su lámpara de estudio. Creedme, esa lámpara parece chuparte las energías.

Seguiré con las malas noticias, esas que ya conoces de sobra. Ni eres perro ni eres verde, aunque te hagan sentir así, pero sufres. A decir verdad, conocí a muy pocos opositores que antes o después no se viesen doblegados por esa luz artificial del opozulo. También sobre esto alguien me afeó alguna vez la conducta, y me alegro por esa persona, porque era realmente excepcional, me dijo que siempre fue feliz opositando. Sinceramente, ya lo hubiera querido para mí, y estoy convencido de que vosotros aspiráis a eso, pero mi experiencia me dice justo lo contrario. Es más, del mismo modo en que recibo muchísimos más mensajes de apoyo que de afeamiento, también he de decir que muchos de los mensajes que leo son de angustia. 

¿Y sabéis lo que más me sorprende de todos esos mensajes? Pues que pese a lo evidente, pese a lo que ya se sabía, pese a que se intuyese, pese a todo, cuando llega el momento de flaqueza, uno sigue sintiéndose mal, y lo que es peor, se castiga pensando que es el único perro verde de todo el universo. Se te olvida qué haces en el opozulo, te empieza a parecer que la palabreja ya no tiene gracia, te sienta mal que ese señor de Instagram que escribió un libro emplee esa palabra, maldita sea, todo te parece mal, hasta el color de los apuntes no tiene la más mínima gracia, ya nada tiene fuckinggracia. ¿Y sabes qué? Es normal, padeces el síndrome del opozulo.

Has ido aparcando cosas y más cosas, tenías un sueño y te embarcaste en él, como aquellos marineros que se fueron a descubrir América en tres cascarones de huevo. La ilusión se te gastó cuando empezaron los truenos, después te quedaste sin víveres, tus cartas de navegación las confeccionó un mono con dos pistolas, y de repente, el viento dejó de soplar en tus velas. Estás atrapada en un mar proceloso, el sol se marchó a un mundo mejor y por entre las tinieblas sólo luce la lámpara de tu escritorio.  Vamos a ver, seamos sinceros, ¿quién demonios no se sentiría mal en esta situación? 

Entonces, algo tan de sentido común, ¿por qué se te olvida? Muy sencillo, querido opositor, las oposiciones te llevan a ser extremadamente olvidadizo. Se te olvida el Tema 1 del mismo modo en que se te olvida tu sueño, tal y como se te va de la cabeza todo aquello que te contaron. Y se te olvida porque padeces el síndrome del opozulo, un síndrome con los colmillos bien retorcidos. Por eso te dije una vez, y te lo diré mil veces más, y si hace falta, al estilo marcial, la voz encrespada, la mirada encendida: no te creo.No te creo cuando me dices que quieres dejarlo. No te creo porque no hablas tú, habla la peor parte de ti, tu enemigo, un enemigo tan familiar como traicionero, el que habita dentro de ti, ese mismo que el síndrome del opozulo ha conseguido que se crezca. 

Aféale la conducta, no es más que un grandullón cobarde que amedrenta a quien se encuentra indefenso. Plántale cara, desafíale, enséñale los dientes, demuestra quién manda,  no has llegado hasta aquí para que te venza lo peor de ti, maldita sea, es el momento de sacar lo mejor, de lo peor ya estamos hartos.

Y ahora la buena noticia. Ese cochino, bastardo e infecto síndrome se cura. Se cura desde dentro, creyendo en uno mismo, propinándole un buen derechazo a ese enemigo de aristas metálicas que se retuerce dentro de ti.  Sigue navegando en tu cascarón,  no te importe que el opozulo se inunde, que tu vigía permanezca en silencio, que tus raciones mengüen. Sigue navegando, contra viento y marea, mantén a flote tu cascarón de madera, ignora a los barcos de vapor que parecen adelantarte, navega. Olvida tus cartas de navegación, guíate por la estrella, tu estrella, la que estás forjando, y cuando te quieras dar cuenta, estarás navegando en un acorazado imparable, el que soportó el peso de la batalla.

Francisco del Pozo

P.D. Espero que mis siete lectores sepan perdonarme el lenguaje soez, no era yo quien hablaba, sino el Tony Soprano que algún día aspiro a ser. Además, ¿qué sería del opozulo sin un poco de humor?