Una indigestión de manzana eterna

Ahora dicen que no fue una manzana, que en realidad, todo se debe a una mala traducción que encargó el Papá Dámaso I a Jerónimo de Estridón. Esto es asimilar a cuando te cambian el temario. Maldita sea. Yo aprendí que se trataba de una manzana y me resisto a pensar otra cosa. 

Al parecer , era el “árbol del bien y del mal”, pero la palabra “mal” se tradujo al latín erróneamente y terminó siendo manzana.

Qué más da, mal, manzana. Si me obligasen a elegir, me quedaría con la manzana, es más alegórica, más sutil.  El mal es un concepto más amplio, menos relativo, la manzana, en cambio, tiene su lado poético. Por eso prefiero la manzana. Y todo empezó por una manzana. 

Dicen que existió un paraíso terrenal, un Paraíso con mayúscula, mucho más paradisiaco que las islas Maldivas. A fin de cuentas, las Maldivas, Fiji o cualquier otro que se te pueda ocurrir no son más que paraísos inventados, una invención publicitaria, el Paraíso, con mayúscula, debía ser otra cosa. Si has tenido que invertir una pequeña fortuna en comprar unos billetes, te has retorcido en unos asientos de avión pensados para las buenas gentes de Liliput, te pican los mosquitos y has de embadurnarte de protección solar, no es un auténtico Paraíso. El Paraíso, el de verdad, el que se escribe con mayúscula, era un sitio en el que no se trabajaba. Hasta que alguien se comió la manzana. Y hubo que ganarse el pan con el sudor de la frente. Ese fue el auténtico Génesis de las oposiciones.

Varios siglos después, cambiamos las hojas de parra por ropas, la serpiente ha cambiado de forma, aunque vaya uno a saber, puede que, en realidad, no fuese una serpiente sino un error de traducción, quizá fuese un conejito blanco, nos comunicamos a distancia con toda nuestra tecnología, y hasta somos capaces de volar, algo que creo que en el Paraíso no se podía hacer. Ahora podemos comer manzanas, somos capaces de meter toda la biblioteca de Alejandría en un chip que cabe en la yema de un dedo, nos hacemos una foto poniendo una cara de beso, que según me cuentan, hacen que salgamos más favorecidos, y se la podemos enviar a un señor aborigen de Australia, un tipo que nunca oyó hablar del Paraíso. Todo eso, y más. Pero tenemos que trabajar para ganarnos el pan, la manzana, el iPhone, el viaje a las Maldivas y todo lo que se os pueda ocurrir. Y eso nos lleva a la siguiente fruta, el plátano.

En los orígenes fue una manzana, estrenando el Siglo XXI fue el plátano. Fulano de tal termina sus estudios, cargado de ilusiones, el mundo por descubrir, una enorme tarta de chocolate que llevarse a la boca. Tiene una ilusión, tiene una meta. A veces, ni eso. Puede, sencillamente, que lo haya visto en una serie de la HBO, o en Netflix. Le asalta la necesidad de convertirse en uno de los publicistas de Mad Men, o puede que lo suyo sea la medicina, quiere ser el doctor House, quiere ser Allie Mc Beal, da igual, lo quiere y lo quiere ya. Necesita el iPhone, necesita su coche, su gasolina, su casa, su hipoteca, su alquiler.  

Fulano de tal pide algo de dinero en casa, se compra un traje bonito, para las entrevistas de trabajo. Maquilla su perfil de LinkedIn tanto como hace con su curriculum, lo deja convertido en un cuadro de Tolousse Lautrec de tanto que lo colorea, lo novela. Perfecto dominio del inglés, de cuando estuvo haciendo prácticas en el proyecto aeroespacial de la NASA, misión a Marte, aunque lo más cerca que haya estado jamás de la NASA sea con Netflix. Se pone delante del espejo, se echa un último vistazo, se ajusta el traje de nuevo, carraspea, pone cara de selfie, aunque no se vaya a hacer un selfie, y se da el visto bueno. Se va a comer la tarta. Su madre le da un beso en la frente antes de salir, su padre levanta la vista del periódico y lo mira de soslayo, le desea buena suerte. Sale por la puerta de casa, todo él acicalado, sobrado de condecoraciones, con más valor que posibilidades.  Pero lamentablemente, fulano de tal va a seguir la suerte del plátano.

Podría haber dicho que fulano de tal es una naranja a la que van a exprimir, y hubiera tenido mucho de cierto, pero no. Fulano de tal es un plátano que se enfrenta al mercado laboral. Y ese mercado laboral es un gorila macho de 300 kilos. Y está hambriento, muy hambriento. Arrojan a fulano de tal, el plátano mejor vestido de toda la historia, dentro de la jaula de esa montaña de músculos y pelos, los puños del tamaño de pelotas de baloncesto, los colmillos bien afilados, los ojos inyectados de sangre. El resto, es historia. 

A fin de cuentas, podría resumirse como el cuento de la manzana y el plátano.

Estás aquí porque te resistes a ser catalogado como un plátano, quieres ser maestro, médico, enfermero, policía, tramitador, gestor, inspector de Hacienda, juez, fiscal, notario o metereólogo. Hay quien se libra de la suerte del plátano, quien nace con una estrella debajo del brazo y quien nace sin esa estrella.

Hay quien nace sin esa estrella y se resigna, y hay quien decide forjar su propia estrella.Por eso estás aquí hoy y ahora. Quieres escapar de la suerte del plátano. Quizá ni eso, no te importa mucho el frutero, sencillamente quieres ser lo que quieres ser, porque lo decidiste en el tercer año de la carrera. También por eso estás aquí hoy y ahora.

Quieres que te diga cuál es la fórmula del éxito, y si te soy sincero, sé cuál es la fórmula, la conozco, pero no es la que te gustaría escuchar. La que quisieras, no existe, ojalá la hubiese patentado, te la vendería a la salida a 5.000 euros el litro. Esa, no existe. No hay más secreto en todo esto que el trabajo. Trabaja y trabaja. Cuando te hayas cansado, vuelve a trabajar. Después, sigue trabajando. No hay más. Esto es para quien persevera. Persevera y vence. A decir verdad, las oposiciones no están reservadas para superhéroes o empollones, esto es para personas de carne y hueso, como tú y como yo, eso sí, para personas de carne y hueso con la piel muy dura. Y ahí es donde empiezan los secretos a voces. 

Francisco del Pozo